lunes, 4 de junio de 2007

Sociedad, religión y administración.

Hace tiempo que me da por estudiar a la sociedad. Me intriga cada vez más el comportamiento humano, pero no el individual, sinó el social.
Se sabe que hay personas buenas y malas. Las personas vivimos nuestras vidas, aportando a la colmena como entes individuales. Algunos con más relevancia que otros, dejan huellas para las generaciones futuras. Pero estas huellas se perderían si como sociedad no las recordarámos y las resiguieramos. Las de filósofos, pensadores, científicos, médicos, matemáticos, físicos, escritores, humanistas, etc...

Sin embargo el ser humano solo, como ente individual, no sería nada.

El otro día leí un artículo que hablaba de la recuperación de personas que se habían criado solas hasta diversas edades, todas empezando entre los 0 y los 3 años. No habían tenido relación con otras personas, si acaso con perros, u otros animales. El resultado era un motón de carencias, afectivas, sociales, incapacidad para interactuar, falta de empatía, no entendían el lenguaje gestual, etc... Y solo algunos podían aprender estas facultades sociales, los que habían sido recuperados más jóvenes, antes de los 4 años, que es cuando el cerebro frena su desarrollo primero.

Creo que al igual que existe un legado genético que transmitimos de padres a hijos, como especie o sociedad transmitimos otra forma de legado genético.

Evolutivamente somos como eramos desde hace muchos millones de años. Nuestro diseño y nuestro cerebro no ha cambiado casi nada.
Sin embargo, antropológicamente, como sociedad somos algo diferentes a lo que eramos.
Como personas tenemos los mismos vicios y virtudes que nuestros antepasados, tropezamos en las mismas piedras y nos masacramos por los mismos motivos. Como sociedad somos más refinados, hemos avanzado en algunas cosas, pero en otras seguimos igual.

Y ahí voy, las mismas piedras, los mismos pacos y marías. Los mismos miedos y las mismas ilusiones. Los mismos problemas básicos que controlar, los mismos. Alguíen tiene que controlarnos, no vayamos a hacernos daño.

Si uno se fija en las grandes religiones de nuestro mundo y sus derivados, lease, judaismo, catolicismo, islam, induismo, etc... todas toman una serie de normas básicas de fe. Sirven como criterios morales a partir de los cuales regir, dogmáticamente, la vida y costumbres de los individuos en un entorno social. No como seres individuales, sino como individuos sociales.
No matarás, no robarás, no harás mal al prójimo. Sin el prójimo no tiene sentido. Que hay de la relación con Dios. Si una, lo amarás por encima de todas las cosas, ya está. Lo demás es para con el vecino, su esposa, sus bienes, etc...

Se marcan una seríe de reglas del juego, leyes divinas indiscutibles, y a partir de esto, todos a jugar. Cuidado, y a derivar corolarios del axioma principal. Y es cuando llegan las interpretaciones, los fanatismos. Que llega el fanatismo cuando empiezan a intentar dar respuesta a todas las preguntas, como por ejemplo que comer, cuando descansar, etc...
Y los libros sagrados de origen desconocido, confeccionados por intervención divina, y de textos convenientemente recopilados, no otros, que están a buen recaudo o desaparecidos, etc...

Al final, me parece a mí, que todo es un montaje socioadministrativo muy eficaz. El emperador Constantino, ante el apogeo del catolicismo debió pensar, a Dios muerto Dios puesto. Y a partir de aquí a administrar. Caramba, tienes censo, todos bautizados, tienes impuestos (diezmos y hasta hoy en día lo que se lleva la iglesia), fichan todos el domingo, los psicoanalizas a todos, sabes todos los lios que hay (secreto de confesión), empiezas a influir en los poderes fácticos, etc...

Hay que hacer unas normas básicas de comportamiento, en plan guiaburros, para que no se descontrole el personal.

Y todo, como dice el gran Serrat, "en el nombre de quien no tienen el gusto de conocer".

Salud, república y moral.

domingo, 3 de junio de 2007

El secreto de la felicidad

Cuando tenía 12 años vinieron a la escuela a hacernos una serie de test psicológicos y de aptitud. Algunos salimos bien parados, y mira, nos recomendaron para que continuáramos estudiando, y que nuestros padres hicieran lo posible por que llegáramos a la universidad.

¿Qué responsabilidad a los 13 años?, y para los padres no menos. Ojo, que tienen el futuro en sus manos, hay potencial, no lo tiren por la borda.

A mi, en concreto, el coeficiente me salía en la media tirandillo a alto, y mis aptitudes eran cientificotécnicas. Claro, así dicho, uno se podía preguntar, ¿seré cientificotécnico de mayor?. ¿Dónde se aprende eso?, ¿se nace?, ¿me saldrá un bulto?, ja, ja.

Así que mis padres, también un poco confusos, fueron a preguntar al director de la escuela.

Y mi hijo, ¿que puede estudiar?, ingeniería, física, matemáticas, arquitectura. Esta última es la que más ilusión le hacia a mi madre, aunque abogado le gustaba más, pero el test decía que no tenía grandes aptitudes verbales. Ay, las madres. (A la mía la quiero a rabiar).

El director, una gran persona, y a la que creo que debemos mucho mis compañeros de colegio de entonces y yo, le dijo a mi madre lo siguiente:

Mire Sra. no se preocupe tanto, esto es una cosa que manda el ministerio, ahora no hay que decidir nada. Sin embargo, lo más importante no es que haga aquello para lo que su hijo esté más preparado, sinó que haga lo que más le guste. Y que lo que haga, lo haga bien e intente ser siempre el mejor. Ya sea ingeniero o fontanero.

Cuando mi madre me lo contó me quitó un gran peso de encima. Y ese consejo ha sido para mi casi un lema personal, como lo llama una persona que aprecio mucho.

El otro día escuché una frase que me recordó este pensamiento:

"El secreto de la felicidad no está en hacer siempre lo que quieras, sinó en querer siempre lo que hagas."

Es emocionante. Solo tenía que escucharme a mi mismo. A veces, cuando más lo necesitas, sin buscarlo, la clave de las cosas, que parece oculta, aflora. Algo que siempre estuvo allí, oculto en una caja, debajo de otras, llenas de polvo en el desván de la memoria, se te deposita en las manos. Y te ayuda a abrir esa puerta.

De hecho, me ha ayudado a abrir varias a la vez.

No perder lo fundamental, hoy, en estos días de vertigo, es imprescindible. Y a veces, resulta muy complicado.

Pero el optimista que hay en mi no me deja desfallecer, caramba.

Así que pondré toda la carne en el asador y llegaré hasta donde me propuse. Con todas mis energías. Y cuando lo termine diré, ahí queda eso. Entonces buscaré algo nuevo que quiera hacer, y renovaré mis energías y volveré a dejarlas ir todas en ello.

Seguiré mi lema, si algo no me llena, lo termino y cambio.
Buscaré nuevos proyectos, y querré hacerlos.